
Mamá Sally
Creo que la perrita vivía en una casa de un solo piso con patio de cemento con manchas de aceite, sin flores ni pasto y el sonido incesante de motores. El descanso de la noche era interrumpido mucho después de salir el sol, cuando ladraba para avisar que alguien estaba en la puerta, pero sólo escuchaba, que una mujer gritaba de mala gana: “¡Ya cállate!”, al mismo tiempo que abría la puerta y la ahuyentaba con una escoba para dejarla en un rincón.
El hombre ya no la soportaba. Como no soportaba que ladrara, la obligaron a no decir nada, no importaba lo que pasara, no debía ladrar. No podía hablar con nadie.
Al paso del tiempo tuvo varios hijos, pero la dejaron solo con dos, permaneciendo juntas hasta que una tarde, las pusieron en una bolsa de papel y las llevaron en carro a un lugar desconocido para ellas.
Estaban dentro de la bolsa cuando escucharon una puerta abrirse, como si un carro entrara por la puerta de una casa. La perrita sitió la urgencia de entrar antes de que cerraran la puerta, así que rascó lo más fuerte que pudo hasta que rompió el fondo de la bolsa y cayeron. Entonces se dio cuenta de que la bolsa estaba colgada en un árbol en la mitad de un camellón frente a casas que nunca había visto.
Espantada y con frío buscó refugio para pasar la noche con sus hijas y se acurrucaron detrás de un pequeño montículo de cemento que iba de un lado al otro de la calle.
Durmieron algunas horas hasta que una luz que se acercaba las deslumbró. La perrita quería que fuera el carro que las había llevado a ese lugar, pero no, era la camioneta que yo conducía de regreso por el celular que había olvidado. Creían estar protegidas detrás del tope, al distinguirlas por las luz del carro reflejada en los ojos de una de ellas, fui por Mary, para con su ayuda llegaran a su nuevo hogar.

